Dubrovnik. La perla del Adriático

Cuando hablamos de Dubrovnik, lo hacemos de la ciudad más famosa y más visitada de Croacia. La urbe se ha convertido en un centro de turismo para los propios croatas y extranjeros venidos de toda Europa e incluso de otros continentes. Es lo que podríamos llamar “el Benidorm croata”.

Si bien la ciudad tiene grandes atractivos y merece la pena visitarla, nosotros a priori solemos evitar estos lugares tan dañados por el turismo, pero en este caso no podíamos dejar pasar la oportunidad de conocer tan afamada ciudad.

La visitamos en 2011, en nuestra ruta por los Balcanes, y llegamos hasta Dubrovnik por varios motivos: El primero que se encontraba relativamente cerca de uno de los objetivos más importantes de aquel viaje, Mostar. El segundo que cuenta con vuelos baratos para regresar a casa y el tercero que nos apetecía darnos un capricho en nuestro ultimo destino después de pasar varios días por hostales y con la mochila a cuestas.

Dubrovnik impresiona desde que llegas a ella, sus paisajes, sus casas, su costa… todo hace presagiar lo que espera en la ciudad dálmata. “La Perla del Adriático” la llaman y no les falta razón.

 Fundada en el siglo VII sobre lo que era un pequeño pueblo de pescadores, se convirtió en objeto del deseo de muchos, lo que hizo necesario crear un plan defensivo. En el siglo XII se levantaron las impresionantes murallas. Sin embargo dicha fortificación no evitó que la ciudad pasará por varias manos durante la Edad Media.

A pesar del agitado devenir, la ciudad logró afianzarse como una gran potencia marina, rivalizando incluso con la República de Venecia y siendo capaz de pactar con el pujante Imperio Otomano.

 En 1991 y con la Guerra de los Balcanes a punto de estallar la mayoría de los habitantes de la región votó a favor de unirse a la República de Croacia, independiente de Yugoslavia. Esto le valió un duro castigo, ya que en diciembre de ese mismo año comenzó un asedio a la ciudad que se prolongo durante seis largos meses. De manera casi incomprensible sus murallas no sufrieron grandes daños y los edificios que si lo padecieron, fueron rápidamente reconstruidos.

Ya no son visibles las heridas de guerra en su piel. Dubrovnik comprendió que si quería seguir mirando al futuro, si deseaba salir honrosa de la contienda y pasar la pagina bélica cuanto antes, debía trabajar duro y eficazmente. Era una ciudad prospera, donde el comercio y el turismo ya eran sus principales bazas y no podía permitirse el lujo de perder ninguna de las dos. Por ello se emplearon a fondo en restaurar la normalidad, poner a punto sus infraestructuras y sus red de servicios. Hoy Dubrovnik no muestra cicatrices, por el contrario si lo hace gallarda. Deja ver los grandes cruceros atracados en su puerto, las miles de habitaciones de hotel a cual más lujoso, los apartamentos de veraneo, las playas, un centro histórico declarado Patrimonio de la Humanidad y uno de los atardeceres más bellos que podamos contemplar.

 El lugar ideal para visitar su casco histórico, la zona amurallada, es la Puerta de Pile, ya que junto a ella tienen su parada gran parte de los autobuses urbanos.

Ya desde ahí podemos hacernos una idea de la grandiosidad de las murallas. Casi dos kilómetros de gruesa pared con una altura de unos 25 metros. Cuenta con tres fuertes incrustados en sus muros (dos más exteriores), 16 torres y 4 puertas.

Una vez en el interior de la Puerta de Pile nos damos cuenta de lo intrincado del complejo, ya que más que una puerta es un conjunto de ellas, lo que venia a ser la ultima oportunidad de defensa ante un ataque exterior.

Cuando logramos adentrarnos en la ciudad accedemos a la calle Stradun, la arteria principal que desemboca en el puerto. Es necesario detenerse un momento para que nuestra cabeza pueda hacerse a la idea de lo que esta viendo, una espectacular imagen se muestra ante nuestros ojos; estamos regresando al Renacimiento.

Stradun invita a continuar nuestros pasos por su empedrado. El primer edificio que vemos es la Iglesia de San Salvador del siglo XVI y frente a ella la Gran Fuente de Onofrio de curiosa plante. Posteriormente nos encontramos con palacios simétricos cuyos bajos cuentan con locales comerciales con entradas en arco de medio punto.

La calle finaliza en la Plaza Luza, un espacio rodeado de bellos edificios y punto de encuentro de propios y extraños. El que más llama la atención es la Torre de la Campana, de 31 metros de altura. También podremos observa la Columna de Orlando precediendo a la Iglesia de San Blas. Al otro lado de la plaza se alza el Palacio Sponza, espacio multiusos donde los haya. Sede de la Aduana, casa de la moneda y del tesoro de la nación así como sede de la Academia del Conocimiento.

 

Si pasásemos bajo la Torre de la Campana accederíamos al Puerto Viejo, pero dejamos este lugar para más adelante y continuamos nuestra ruta por la calle Pred Dvorom que nos lleva hasta la Catedral, pasando por el Ayuntamiento y el Palacio de los Rectores, sede del gobierno de la República Independiente de Dubrovnik.

La catedral fue construida en el siglo XII y cuenta la leyenda que fue erigida gracias a una donación de Ricardo Corazón de León a quien salvaron la vida en un naufragio junto a la isla de Lokrum.

Durante el terremoto de 1667 el templo fue destruido y tuvo que ser reconstruido. El edificio actual data del siglo XVIII y fue construida en estilo barroco. En su interior se pueden ver reliquias guardadas en relicarios de oro profusamente decorados. También se pueden admirar obras de orfebrería y una pintura atribuida a Tiziano; “Asunción de María”.

 Ahora es buen momento para salir al puerto. Frente a puerta principal de la Catedral se encuentra un estrecho callejón por el que accedemos al Puerto Viejo.

Dubrovnik merece que sigamos paseando por sus callejuelas, caminando sin un rumbo fijo entre sus muros. Disfrutar de su gastronomía, desfilar por lo alto de su muralla y bañarnos en sus playas si el clima lo permite y repetir paseo por la noche, cuando las suaves luces iluminan la ciudad.

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DUBROVNIK
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