Périgeux y Bergerac. Breve incursión en el Perigord

Arribamos a Périgueux como un alto en el camino, un claro “yo pasaba por aquí” o “aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid”, sin embargo la ciudad nos agradeció la parada mostrándonos su lado más amable. Un viernes por la tarde en el que los visitantes se mezclaban con los vecinos que se lanzan a la calle sin pensárselo dos veces, haciendo de Périgueux una ciudad con mucha vitalidad.

Périgueux históricamente ha sido un cruce de caminos y ello se deja notar en sus calles, en sus construcciones e incluso en sus costumbres. Podemos ver vestigios galo – romanos de la antigua Vesunna, un casco medieval y renacentista y unos barrios modernos que hacen la vida más fácil a sus habitantes.

Por falta de tiempo nos centramos en su casco histórico, perfectamente delineado, como encajonado entre las calles Tourny, Michel Montaigne, Fenelon y el río L´Isle. Aquí descubrimos, entre bellas callejuelas empedradas, palacetes, torres y templos construidos entre los siglos XV y XVIII, todo ello a la sombra de la Preciosa Catedral de Saint Front, incluida en la Lista de bienes Patrimonio de la Humanidad como uno de los elementos destacable del Camino de Santiago en Francia.

Es un templo que llama mucho la atención, más sabiendo que estamos en Francia y no abundan edificios de este estilo arquitectónico. Su estructura recuerda a las construcciones bizantinas y a muchos se le parece en demasía a la Catedral de San Marcos de Venecia, gracias en parte a sus cinco cúpulas sobre pechinas. No es casualidad ni mucho menos. Ya hemos dicho que Périgueux fue cruce de caminos, sendas que unían el Mediterráneo y el Atlántico por la cuenca del Garona. Esta ruta comercial fue también vial de influencias venecianas y orientales.

Tras admirar la Catedral y el claustro adherido a sus muros, una extraña fuerza empuja nuestros pasos hacía la Rue Taillefer, la que podríamos considerar arteria principal del centro histórico. Una calle en la que podemos ver los diferentes estilos que Périgeux nos muestra, un lugar que sin duda sería mucho más agradable si restringiese el trafico y diera más preferencia al peatón, pero eso ya es harina de otros costal.
Casas con entramados de madera, palacetes, casas de piedra con las típicas contraventanas francesas y rejas de balcones que se resisten a ser meros elementos de seguridad. Todo ello acompañado de unos bajos repletos de comercios de todos los tipos. Desde la pequeña confitería tradicional hasta las tiendas de ropa más conocidas a nivel mundial se unen para permitir que esta zona no sea un simple decorado, si no que goce de vitalidad, que sus calles sean bulliciosas y no solo el objetos de turistas ávidos de una postal digna de otros tiempos.

Finaliza la Rue Taillefer en la Place Bugeaud, justo frente a un antiguo edificio reconvertido en centro comercial.

Desde aquí nos dejamos llevar sin rumbo fijo por las calles, deleitándonos con sus edificios, sus comercios y el ambiente que se respira en la ciudad. Es imprescindible pasar por Place de L´Ancien, donde destaca el ayuntamiento (Hotel de Ville) resguardado por rudas viviendas de piedra, una pequeña torre y las terrazas de los bares que allí se sitúan. Cercana, la Place du Coderc alberga el mercado municipal, que se acrecienta un día a la semana con puestos callejeros que inundan la plaza.

En un extremo del casco, junto a la Cours Tourny se encuentra el Museo de Arqueología del Perigord, un espacio donde es posible indagar más sobre la historia de la región.

Périgeux nos hizo pasar una tarde de los más agradable y puso el listón muy alto a nuestro siguiente destino, Bergerac, ya en el Perigord Púrpura.

Bergerac es famosa por un personaje que curiosamente nunca pisó la ciudad, me refiero, claro esta, a Savinien de Cyrano de Bergerac, inmortalizado en la obra teatral de Edmod Rostrand.

Nada más llegar nos empezamos a sentir como en cuento, porque Bergerac se asemeja mucho a eso, a una ciudad de cuento. Sus calles, sus casas de “madera vista”, las aguas del Dordoña acariciando los pies de la urbe… un placer para los sentidos.

Comenzamos a visitar la ciudad por el Puerto Viejo, ya que habíamos aparcado el coche junto al Puente Viejo y comenzamos a ascender las suaves cuestas que nos llevarían hasta la Iglesia de Notre Damme, pasando por los puntos más atractivos.

Enseguida llegamos a la Place du Docteur andre Cayla, donde vemos las primeras casas tan características que nos encontraremos a lo largo de nuestra visita, además podemos ver el interesante Claustro de los Recoletos. En la zona ajardinada que se encuentra junto a la plaza encontramos la primera de las estatuan en honor a Cyrano que veremos. Este pequeño jardín esta rodeado por las viviendas que los maestros marinos construyeron aquí, cerca de su lugar de trabajo, el puerto.

Continuamos nuestro camino pasando por la Place Pelissiere. Un plazuela de formas irregulares donde la fuente, antiguo lavadero, y la otra estatua dedicada a Cyrano preceden a la Iglesia de Saint Jaques. Un templo que sufrió en sus muros la crueldad bélica, siendo reconstruida por orden de Luis XIV. Sin embargo no todo es reconstruido, pues el campanario y su peculiar balcón son originales.
Fue el único templo religioso de la ciudad hasta que se la considero demasiado pequeña para albergar a todos los feligreses, dando paso así a la construcción de la Iglesia de Notre Damme.

Nos desviamos por las calles Saint James y Fontaines antes de llegar a la Place Louis de Labardonie, pero una obras de mantenimiento no nos permiten disfrutar del todo de ellas.
Llegamos a la plaza donde se encuentra el Mercado cubierto, un edificio del siglo XIX con estructura metálica que recuerda a las estaciones de ferroviarias de esa época. En su interior puestos de todo tipo; carne, pescado, verduras y hortalizas, plantas, etc.
En este lugar se celebraron las conferencias que dieron pie a la “Paz de Begerac”, preludio del “Edicto de Nantes” firmado en 1598, por el cual se otorgaba libertad de culto a los Protestantes, dando así por finalizadas las Guerras de Religión que asolaron la Francia del XVI.

La Grand Rue, atestada de comercios, nos dirige a la Place de Lattre de Tassigny, donde la iglesia de Notre Damme se muestra en todo su esplendor.

De ella destaca su torre de 80 metros de altura. Fue construida en el siglo XIX para sustituir a la iglesia de Saint Jaques, la cual se había quedado pequeña. En su interior alberga dos cuadros de gran importancia: una Adoración de los Reyes que se atribuye a Pordenone, pintor veneciano alumno de Giorgione y una Adoración de los Pastores que se atribuida a Ferrari Milanais alumno de Leonardo da Vinci.

Podríamos decir que la iglesia es el nexo de unión entre el casco antiguo y la ciudad moderna, pues esta ultima creció y se desarrolló alrededor del templo.

Al ser sábado nos topamos con el mercadillo semanal, donde destacaban los puestos de frutas y verduras, pero no eran los únicos, carnes y pescados también se ofrecían, así como otra serie de productos típicos de la zona. Una de las cosas que sorprende de estos mercadillos y que a mi personalmente me gusta, es que no se escuchan los gritos tan representativos de los mercados españoles; el característico “Señora, lo estamos dando lo estamos regalando” o el no menos peculiar “Vamos niñas, tres bragas 5 euros”. Es algo que yo odio.

Empezamos a deshacer nuestros pasos y a regresar al puerto para dar por finalizada nuestra vista a Bergerac, pero antes de poner punto y final paseamos por sus tranquilas calles, dejándonos llevar y viendo antes de marchar el exterior del Museo Nacional del Tabaco y la Rue Saint Clar, totalmente recomendable.

 

Añadimos Bergerac a la lista de ciudades de cuento que se reparten por territorio galo y que a nosotros tanto nos atraen, un punto más en el que estaba siendo un agradable viaje por una porción del suroeste de Francia.

MÁS SOBRE ESTE VIAJE

INTRODUCCIÓN

ORADOUR SUR GLANE. VILLA MÁRTIR

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4 pensamientos en “Périgeux y Bergerac. Breve incursión en el Perigord

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