Cementerio Municipal de Bilbao

El Bilbao actual tiene numerosos atractivos para el visitante; Monumentos, museos, edificios singulares, etc. Las imágenes que nos vienen a la cabeza son inevitablemente el Guggenheim, la Torre Iberdrola, las calles del casco viejo o las características entradas del metro. Pero Bilbao tiene un tesoro oculto, un lugar que no sale en las guiás y que poco a poco esta dando a conocer. Un espacio mucho más antiguo que los edificios de Abandoibarra y al que muchos de los que van ya no regresan nunca. Me estoy refiriendo al Cementerio municipal de Bilbao, el Cementerio de Vista alegre.

Este recinto centenario es una obra de arte en si mismo, no obstante se trata de uno de los camposantos más interesantes del país.

Creado en 1902 para satisfacer la necesidad de mejorar los servicios funerarios de la villa, que se encontraban en un estado muy deficiente y no lograban abarcar las necesidades de capacidad.

Las normativas existentes para la construcción de nuevos cementerios ponía las cosas difíciles a Bilbao. Las condiciones geológicas concretas, las previsiones de enterramientos en los años venideros (lo que hacía necesaria una superficie de 52.000 m²)  y que debía distar al menos dos kilómetros de cualquier vivienda, hizo necesario sacar el camposanto de los limites de la población. Por lo cual el consistorio decidió pedir ofertas a otros municipios que deseasen albergar el espacio funerario. El terreno en el que se construyó fue donado de forma gratuita al ayuntamiento por la Sociedad del Ferrocarril de Bilbao a Lezama, fundadora de la línea que aún hoy existe y que explota Euskotren. Evidentemente con esta medida buscaban un beneficio propio, que no era otro que el de aumentar los usuarios de esa linea ferroviaria.

El 27 de abril de 1902 el cementerio fue inaugurado.

Actualmente cuenta con 208.566 m² y se estima que han recibido sepultura en él unas 400.000 personas.

Comenzamos la visita desde el mismo aparcamiento, situándonos frente a la cripta y la fachada principal de la Capilla. Aquí tenemos un pequeño plano que nos indica el mejor camino a seguir, aunque una vez dentro seguro tendremos tentaciones de variar el recorrido.

  

Desde nuestra ubicación veremos a ambos lados la antigua vivienda del enterrador, a la izquierda, y la del capellán, a la derecha, hoy reconvertidas en edificios administrativos.

Como queriendo unir estas viviendas y la capilla se alzan dos preciosas galerías. Sustentadas por diversas columnas pareadas, que nos recuerdan a los claustros de muchos monasterios, y rematadas por una bóveda de cañón pintada de un azul muy llamativo, es un espacio muy interesante que precede con existo al verdadero protagonista de la historia.

Rodeando la bella Capilla nos adentramos de lleno en el camposanto. Es posible que aquí ya empecemos a descubrir una de las curiosidades de este lugar, y es que el cercanísimo aeropuerto tiene junto al cementerio el comienzo de su pista de aterrizaje y da la sensación de que los aviones se funden con las lapidas. El atronador ruido de los pájaros de metal choca con el concepto de “descanso eterno”.

Si siguiésemos el recorrido marcado en el panel que vimos al inicio de nuestra visita, nos iríamos a la zona oeste del cementerio y llegaríamos hasta uno de los muros de fusilamiento de época de la Guerra Civil. Actualmente es un pequeño trozo de muro protegido, tras el cual el cementerio continua extendiéndose, pero en 1937 era la tapia que delimitaba los limites del lugar. A ambos lados del muro aparecen grabados los nombre de 19 personas que aquí fueron fusiladas. Aún son visibles las cicatrices que las balas provocaron en la piedra.

Regresando a la parte trasera de la capilla comienza lo que podríamos denominar avenida principal, la Vía de la Piedad, en cuya longitud destacan la capilla de la familia Santiesteban, el panteón Ibañez Betolaza, en la que contrastan un busto mirando al cielo y una figura más natural sentada en la sepultura y más cercana a la tierra, y el panteón Matín de Aldama, donde una figura femenina de rodillas sobre el enterramiento y semirrecostada parece lamentarse.

Al final de esta vía se abre la Plaza Nuestra señora de Begoña, donde se alzan los mausoleos más sobresalientes del cementerio. Aquí descansan las familias de los personajes más influyentes e importantes de la sociedad bilbaína y bizkaina. Nombres como Chavarri, Ybarra o Marinez de las Rivas aparecen en sus inscripciones.

Para mi sin duda la capilla más llamativa de cuantas se encuentran en este espacio, es la Capilla Chavarri, quizá por ser de un estilo poco esperado por estos lares. Su especial forma geometrica rematada por una esfera en su alto y su detalla decoración hacen necesaria la pausa al observala.

El panteón de la familia Martinez Rivas, de estilo renacentista cuenta con una rica decoración en la que destaca su cúpula y los ángeles que la custodian.

También descansa aquí la familia Ybarra, en un panteón de estilo ecléctico, en la que destaca su cubierta recubierta por “escamas” verdes y decorada por cabezas de querubines.

 

Cerca de aquí se encuentra el panteón dedicado a Doña Casilda de Iturrizar, otra de las personas más importantes para la Villa de Bilbao, pues donó gran parte de su fortuna en proyectos para la mejora de la ciudad.

Al oeste de la plaza de Begoña se encuentran varias sepulturas, más humildes que las anteriores pero de belleza singular.

El edículo de la familia Mogrobejo, en honor a Salustiano Mogrobejo, un panteón protegido por una cubierta sustentada en cuatro sencillas columnas. Destaca una figura femenina que transmite de manera especial el dolor por la muerte de un familiar. Dolor que el artista conocía particularmente, pues es obra de su hermano Nemesio Mogrobejo.

El Panteón Azcue cuenta con un obelisco egipcio precedido por un ángel que llama especialmente la atención. Sentado con las piernas entrecruzadas, en una mano sostiene la trompeta anunciadora del juicio final y la otra, con el codo apoyado en la rodilla sostiene su cabeza. Nos recuerda esta figura al celebre “Pensador”de Rodin.

El Panteón de la familia Basterra Ortiz, es una especie de catedral gótica en miniatura. Pináculos y arbotantes rematados por una cruz y figuras religiosas imitan el estilo de los grandes templos católicos.

 

De regreso a la plaza de Nuestra Señora de Begoña, y buscando esta vez seguir ascendiendo, nos topamos con la Capilla Somonte Basabe. Una especie de templo griego. Sus columnas estriadas, figuras de ángeles orantes a modo de cariátides y su fisionomía dan clara cuenta de la inspiración que el artista tomo de los templos clásicos.

En este lugar se encuentra un espacio amplio, dedicado al recuerdo de los niños que perecieron en la catástrofe del circo del ensanche, en 1912. una falsa alarma de incendio provocó la huida descontrolada de quienes allí se encontraban, provocando la muerte de cuarenta y cuatro personas, en su mayoría niños.

En los flancos del mausoleo a los niños del ensanche se hayan dos enterramientos destacados; el edículo Maiz y el Panteón Maiz Nordhausen. El primero de ellos, cubierto, guarda las figuras de un notable grupo escultórico. A la izquierda se encuentra la Verónica, extendiendo el paño con la cara impresa de Jesús. Frente a ella la Virgen María se precipita hacía el suelo, siendo consolada por San Juan. Al fondo se encuentra la figura de José de Arimatea.

El segundo enterramiento del lugar,destaca por las figuras que se funden sobre el mármol. Un cristo recogiendo a un niño y un ángel extendiendo sus alas, llaman nuestra atención, mientras a los pies de la tumba dos figuras se tapan el rostro para no mostrar su dolor.

Desde aquí nos podemos desplazar al extremo este del cementerio, para acceder a lugar de las sepulturas civiles. Nada destaca en este lugar a simple vista, pero es un lugar muy visitado debido a que ahí descansan los restos de personajes como Indalecio Prieto o Tomas Meabe.

En nuestro regreso al punto de partida, pasamos junto a otro de los muros de fusilamiento. En esta tapia fueron fusilados 400 milicianos afines a la República. En ella se les recuerda mediante un placa con versos de García Lorca y Rafael Alberti.

Ya cerca de la salida, junto a la antigua casa del capellán, hoy portería y sede de las oficinas del camposanto, se encuentra un sencillo panteón dedicado a la memoria de los fallecidos en el accidente del Monte Oiz, en febrero de 1985. Aquí descansan los restos de 74 de las 148 victimas. Personas que murieron al estrellarse el boeing 727 de Iberia en una de las laderas de la montaña vasca.

Cercano a este se encuentra otro lugar erigido en recuerdo de victimas de otra tragedia, en este caso la Guerra Civil. Un espacio en memoria de los soldados del bando nacional fallecidos en la contienda, del que se desconoce su autor y su fecha de creación.

Hemos finalizado la visita al Cementerio Municipal de Bilbao, una actividad que nada tiene que ver con las salas de los museos de la ciudad, la arquitectura de la Gran Vía o el ambiente de los domingos en el Casco Viejo, pero que merece la visita de quienes gozan con el arte o los amantes de las curiosidades como estas. Siempre con el debido respeto a quienes allí descansan y nos ofrecen su morada eterna.

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