Cuenca. Ciudad tallada en piedra.

Cuenca, es quizá una ciudad eclipsada por otras ciudades inscritas en la lista del Patrimonio de la Humanidad (sobre todo por su vecina Toledo) aunque tiene mucho que ofrecernos.

Hay noticias de ella anteriormente, pero no gozó de gran importancia hasta que en 1177 fue arrebatada de manos musulmanas por las tropas del rey castellano Alfonso VIII. Emergió y se engalanó durante el Medievo y, hoy, esta localidad, con título de ciudad desde 1257, nos transporta a sus inicios con solo pasear por sus místicas callejuelas.

Tanta belleza y delicadeza fue premiada en 1996, cuando la UNESCO incluyó el Casco Antiguo en la lista de monumentos Patrimonio de la Humanidad.

Conocida como “Ciudad paisaje”, nos muestra orgullosa tanto su patrimonio arquitectónico como el natural, y la conjunción tan espectacular entre ambos.

El Casco Antiguo es su mayor atractivo. Cuenta con un patrimonio magníficamente integrado en un limitado espacio, embutido al abrigo de los ríos Júcar y Huécar.

Un buen lugar para comenzar la visita es la Plaza Mayor, engalanada con la Catedral de nuestra señora de Gracia, del siglo XIII, de estilo gótico, cuyo elemento más característico es su fachada, la cual muestra un estilo neogótico ya que fue reconstruida en 1902. El Palacio Episcopal; que alberga el Museo Diocesano y el Ayuntamiento; edificado en el siglo XVIII con base en tres arcos porticados para permitir el acceso a la plaza.

 

 

 

En esta plaza no solo hay edificios, sino que se hace vida. Con los más mínimos rayos de sol florecen terrazas a las puertas de sus bares y mesones, y no es raro ver a propios y extraños sentados en sus muretes o en las escaleras de la Catedral.

Su forma triangular nos dirige inconscientemente a unos de sus vértices, obligándonos a pasar bajo los arcos del ayuntamiento e introduciéndonos en la calle Alfonso VIII, con sus características casas de diversos colores. Vistas desde la lejanía, las casas de una de las márgenes de esta vía se asemejan a rascacielos debido a la altura que alcanzan sobre la hoz del Huécar.

Llegamos enseguida a la Plaza de Mangana, donde antaño se ubicaba el Alcázar y que también fue barrio andalusí y judería. Ya no queda nada excepto la Torre Mangana que orienta a los conquenses con el resonar de su reloj. Ya en época más moderna se instaló en ella el Monumento a la Constitución de Gustavo Torner que convive con la solemnidad de la torre.

Caminando sobre nuestros pasos y buscando la otra orilla del buque que podría ser Cuenca si el Júcar y el Huécar fuesen mar, llegamos a la imagen más conocida de la ciudad, Las Casas Colgadas, viviendas particulares del siglo XV donde hoy se alojan un museo y un mesón. Pero para advertir la magnitud de tal monumento, es necesario alejarse, cruzar el río situando nuestros pies sobre el Puente San Pablo, construido a principios del XX en hierro sobre uno anterior de piedra que no pudo soportar el peso de sus paseantes durante más tiempo.

 

Una vez cruzado el puente nos encontraremos junto al Convento de San Pablo, el actual Parador Nacional, que fue edificado en el siglo XVI como convento de dominicos. Desde aquí gozaremos de una maravillosa vista de Cuenca para guardar en nuestra retina.

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